Dos horas antes del partido me encaminé al salón donde mi Peña celebraría su fiesta para ver la final. Mientras en silencio unía cables y aparatos, observaba el gran salón, con las decenas de sillas y mesas dispuestas como un perfecto anfiteatro ante la gran pantalla. Y supe en ese momento que todo este rito se estaba repitiendo por miles en toda España y el mundo.
El pueblo blanco se aprestaba a sentir y estar presente en ese rito, antiguo y conocido, de jugar una final. Con la esperanza fluyendo de sus corazones, con las mariposas jugueteando en los estómagos recordando la incertidumbre que resta, ya que la travesía hasta la victoria se presentaba procelosa y preñada de amenazas.
Los madridistas nos sentimos adoradores de una “religión” y estábamos llamados a unir nuestros anhelos, a formar una masa compacta en busca de la felicidad. Y esa felicidad blanca, no es otra que ver a nuestro equipo levantar orgulloso una copa, un título, ganado de forma limpia y honrosa, pleno de esfuerzo y tesón. Sin mácula, como nuestra camiseta. Cuando el Rey entregó la Copa a Casillas este se dirigió a su pueblo, en ese gesto atávico que expresa tanto felicidad por lo conseguido como rabia por los obstáculos derruidos en nuestro camino.
Esa Copa es nuestro santo grial, porque bebiendo de ella alcanzamos esa suerte de vida eterna que es la renovación de nuestra fe en el madridismo. Así como los aztecas enseñaban al sol los corazones de sus enemigos, los sacerdotes católicos alzan la ostia bendecida a su Dios, los judíos imploran a Yahvé y los mahometanos levantan sus manos hacía Alá, así Casillas elevó su Copa hacia el cielo, ofreciéndosela al Dios del fútbol.
Ese Dios del fútbol acreció con su bondad a los blancos en el primer tiempo, dotándolos de inteligencia para proteger, clarividencia para abrir el campo, fuerza para el choque y velocidad para buscar el área rival. Pero dado que los blancos no fueron capaces de convertir en fruto sus dones, cambió sus preferencias para el segundo tiempo, de esa forma tan propia de los dioses, tan caprichosos y volubles ante los mortales. Y en ese tiempo los culés sintieron que el campo se inclinaba un poquito a su favor.
Pero la merma en su autoestima ya era en ese momento tan grande que ni pudieron ni supieron derribar la blanca muralla. Y así llegó el final con las espadas en alto. No era un final justo, vistos los merecimientos, pero como mientras más difícil es conseguir el premio, más dulce es la recompensa, no nos importó llegar a ese mágico minuto 103 de la prórroga.
En ese instante prodigioso, Cristiano emuló a Neo en Matrix, suspendiéndose un segundo en el vacío, el mundo se paralizó y el silencio inundó el salón. Y tras el silencio un tsunami de felicidad y alegría barrió los corazones de los allí congregados, inundando de felicidad sus almas blancas. El anillo único de poder se había disgregado en el magma blanco del Monte del Destino. Comienza una nueva era.
El pueblo blanco se aprestaba a sentir y estar presente en ese rito, antiguo y conocido, de jugar una final. Con la esperanza fluyendo de sus corazones, con las mariposas jugueteando en los estómagos recordando la incertidumbre que resta, ya que la travesía hasta la victoria se presentaba procelosa y preñada de amenazas.
Los madridistas nos sentimos adoradores de una “religión” y estábamos llamados a unir nuestros anhelos, a formar una masa compacta en busca de la felicidad. Y esa felicidad blanca, no es otra que ver a nuestro equipo levantar orgulloso una copa, un título, ganado de forma limpia y honrosa, pleno de esfuerzo y tesón. Sin mácula, como nuestra camiseta. Cuando el Rey entregó la Copa a Casillas este se dirigió a su pueblo, en ese gesto atávico que expresa tanto felicidad por lo conseguido como rabia por los obstáculos derruidos en nuestro camino.
Esa Copa es nuestro santo grial, porque bebiendo de ella alcanzamos esa suerte de vida eterna que es la renovación de nuestra fe en el madridismo. Así como los aztecas enseñaban al sol los corazones de sus enemigos, los sacerdotes católicos alzan la ostia bendecida a su Dios, los judíos imploran a Yahvé y los mahometanos levantan sus manos hacía Alá, así Casillas elevó su Copa hacia el cielo, ofreciéndosela al Dios del fútbol.
Ese Dios del fútbol acreció con su bondad a los blancos en el primer tiempo, dotándolos de inteligencia para proteger, clarividencia para abrir el campo, fuerza para el choque y velocidad para buscar el área rival. Pero dado que los blancos no fueron capaces de convertir en fruto sus dones, cambió sus preferencias para el segundo tiempo, de esa forma tan propia de los dioses, tan caprichosos y volubles ante los mortales. Y en ese tiempo los culés sintieron que el campo se inclinaba un poquito a su favor.
Pero la merma en su autoestima ya era en ese momento tan grande que ni pudieron ni supieron derribar la blanca muralla. Y así llegó el final con las espadas en alto. No era un final justo, vistos los merecimientos, pero como mientras más difícil es conseguir el premio, más dulce es la recompensa, no nos importó llegar a ese mágico minuto 103 de la prórroga.
En ese instante prodigioso, Cristiano emuló a Neo en Matrix, suspendiéndose un segundo en el vacío, el mundo se paralizó y el silencio inundó el salón. Y tras el silencio un tsunami de felicidad y alegría barrió los corazones de los allí congregados, inundando de felicidad sus almas blancas. El anillo único de poder se había disgregado en el magma blanco del Monte del Destino. Comienza una nueva era.Me gustó: Khedira, partidazo del alemán. Omnipresente. Jugadorazo. Y Cristiano, cumplió su cometido, haciendo lo que deben hacer los grandes jugadores, cambiar el destino. Y Mourinho, por ser fiel a sus propósitos y ser un entrenador de títulos. Baño táctico en toda regla. Y las 1255 visitas de ayer, Que gustazoooooooo. 
No me gustó: La actitud “teatral” de muchos jugadores culés. Están mal acostumbrados. Tampoco me gustó la presencia de Shakira y Manolo Escobar en el palco de autoridades. No es porque sean culés, que da igual, igual pensaría de estar Nadal o Alonso, ilustres madridistas. Es por lo que esa presencia comporta. Me es difícil entender que un palco de autoridades como el de ayer, en el que se repartían bofetadas por un sitio, cupieran personas con tan poca proyección social e institucional. Pocas personas se sentirían representadas por ellos.
Ni el gesto de Pepe hacia la grada rival. Eso sólo empaña nuestro crisol. Háztelo mirar.
Pepito Grillo: La falta de respeto al himno y al jefe del estado español parece que se asienta como una costumbre más entre la hinchada culé. Un nuevo rito. Si no te gusta, perfecto, quietos, pero respetad al que los siente suyos. Herencias del laportismo.
Rappel. En lugar de daros la luz, os enseñaré el camino:
Champions 2009/2010: En la fase de grupos el Barcelona ganó con comodidad los dos partidos al Inter de Mourinho. En las semifinales, el primero en casa del Inter, 3-1, la vuelta en Barcelona 1-0. El Inter, de Mourinho a la final.

No me gustó: La actitud “teatral” de muchos jugadores culés. Están mal acostumbrados. Tampoco me gustó la presencia de Shakira y Manolo Escobar en el palco de autoridades. No es porque sean culés, que da igual, igual pensaría de estar Nadal o Alonso, ilustres madridistas. Es por lo que esa presencia comporta. Me es difícil entender que un palco de autoridades como el de ayer, en el que se repartían bofetadas por un sitio, cupieran personas con tan poca proyección social e institucional. Pocas personas se sentirían representadas por ellos.
Ni el gesto de Pepe hacia la grada rival. Eso sólo empaña nuestro crisol. Háztelo mirar.
Pepito Grillo: La falta de respeto al himno y al jefe del estado español parece que se asienta como una costumbre más entre la hinchada culé. Un nuevo rito. Si no te gusta, perfecto, quietos, pero respetad al que los siente suyos. Herencias del laportismo.
Rappel. En lugar de daros la luz, os enseñaré el camino:
Champions 2009/2010: En la fase de grupos el Barcelona ganó con comodidad los dos partidos al Inter de Mourinho. En las semifinales, el primero en casa del Inter, 3-1, la vuelta en Barcelona 1-0. El Inter, de Mourinho a la final.








