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Clásico: A demostrar liderazgo. Otra cosa no me vale.

20 mayo 2018

20 años



Volver..... con la frente marchita
Las nieves del tiempo, platearon mi sien
Sentir........ que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada, errante en las sombras
Te busca y te nombra
Vivir.......... con el alma aferrada
A un dulce recuerdo
Que lloro otra vez
(Carlos Gardel)

20 años. Para algunos afortunados, una vida. Para mí, casi media.

20 de mayo de 1998. Lo mismo que todo el mundo sabe que estaba haciendo el 23-F o el 11-S, todos los madridistas saben que estaban haciendo aquella noche mágica en que, casi por sorpresa, Mijatovic marcó su mítico gol. Todos.

Eran otros tiempos, como no. Yeltsin presidía la comunista Rusia, Milosevic aún era el factótum yugoslavo, el PSOE se desangraba por los GAL, Aznar presidente, Juan Pablo II aún no había reconocido a Galileo Galilei, ese año murió Pol Pot y se firmó en Belfast el Acuerdo del Viernes Santo. Titanic ganó los Oscars, Bill Clinton trabajaba junto a Monica Lewinsky y se desquitaba bombardeando Irak. Otros tiempos.

El Edén de Champions, año si, quinquenio también, que hoy conocemos era inimaginable en todos aquellos que, como yo, nunca había sentido lo que era ganar una Copa de Europa (la del 66 me pilló casi en pañales). Muchos madridistas mayores se preguntaban si verían ganar al Madrid ganar otra Copa de Europa antes de morir. 32 años de sequía y miseria europea. Es difícil describir el ansia ingobernable que aprisionaba a cada proyecto madridista, año a año, temporada a temporada.

Aquella noche, cuando Hellmut Krugg pitó el final, millones de madridistas lloramos, reímos y, sobre todo, exhaustos tras la interminable final, suspiramos aliviados sabiendo que habíamos conocido el paraíso deportivo. Que la cima volvía a ser blanca. Atrás quedaron los disgustos épicos de la final de 1981 contra el Liverpool o la eliminación de la Quinta del Buitre contra el PSV diez años antes.

Fue mi primera final vivida en la liturgia de las fiestas de mi Peña Madridista Gachera, en una biblioteca cedida, con todas las estanterías forradas de plástico. Y el recuerdo que me queda (entre muchos otros e inolvidables) es los cinco minutos de soledad tras el final, cuando después de recoger Sanchís la Copa, todos se fueron a la plaza a festejar, intuyendo que nunca volvería a vivir un momento así. Hasta hoy así ha sido.

El sábado volveremos a intentarlo. Ojalá sea así.

Felicidades.

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